Héctor Jaime Treviño VillarrealVivir la cotidianeidad significa mucho para la gran masa de los sin historia, de aquellos seres anónimos cuya vida transcurre entre una serie de sucesos de insignificante magnitud, que si bien no deja huella perene en la historia de una sociedad, si es parte de la historia personal; se trabaja, divierte, estudia, descansa, juega, afana, sobrevive, en fin, todos los actos en que el ser humano pasa por esta efímera vida y cuya suma, constituye el motor de la comunidad.

 

No tan sólo es importante la actuación política, cultural, científica y empresarial de quienes a base de esfuerzo y superación o de simulación y engaño, alcanzan un sitio prominente en la historia, también cuentan las historias de los olvidados, de los marginados del campo de Clío y de la sociedad, de éstas, hay miles, millones de historias, como la del "Loco Blas" cuyo trágico final aquí relatamos.

Las bebidas alcohólicas sin moderación, siempre han sido malas consejeras y acompañantes; cuántas tragedias se deben a su maldito consumo, cuántas familias enlutadas, cuánta perdición o prohijar un cúmulo de rencillas, agravios y desgracias; debido a ellas, un tal "Loco Blas" terminó sus días por el maldito licor, más bien, por su maldita falta de voluntad, al dejarse llevar por los espirituosos efluvios, prodigados por los dioses Baco y Dionisio.

Blas Hernández fue su nombre, originario y vecino de Labores Nuevas, por allá cerca de la antigua Villa de Guadalupe hoy Ciudad Guadalupe, N. L.; tenía malos antecedentes, sin ocupación, se embriagaba con frecuencia rettiana y era pendenciero, de ahí provenía su apodo, además, recién había salido de la Penitenciaría del Estado, que en aquella época estaba ubicada frente a la Alameda Porfirio Díaz, hoy Mariano Escobedo.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando "El manco" Agapito Cortés, de 25 años de edad, originario y residente en Monterrey, de oficio jornalero y casado, llegó al tendajo llamado El Paso del 2; aquel día 19 de marzo de 1910, se tomó una copa y se puso a platicar con los parroquianos, recordemos que en esa época y hasta no hace mucho, se vendía alcohol potable, vinos y licores en los tendejones, que nosotros llamamos todavía “tendajones”, antes de que oxxos, extras y supersietes agringados, los borraran del panorama urbano.

Agapito degustaba el fuerte licor cuando llegó el "Loco Blas" y se puso a discutir con los clientes, a quienes "El manco" conminó que no le hicieran caso, porque estaba "medio loco"; Cortés, para evitar mayores fricciones invitó a Blas a tomar un trago en otra parte, dirigiéndose al tendajo llamado "El Banco", donde “El loco" cogió dos piezas de pan que había sobre el mostrador y Agapito se tomó una copa, pagando por todo seis centavos -benditos tiempos aquellos-, luego salieron a la calle, precisamente en el cruce de Aramberri y Zona, calle hoy llamada Félix U. Gómez.

Blas tomó a Cortés de un brazo y le dijo "vente para acá, vamos a tomar un trago" y se fueron al tendajo situado en la contraesquina llamado "El Laberinto", antes de entrar, el "Loco Blas" dijo a su acompañante que no traía dinero, a lo que "El manco" replicó que él tampoco traía, por lo que aquél enfurecido se le echó encima, dándole de golpes y como no pudo hacerlo entrar en razón con palabras, con su mano derecha, la única que tenía, sacó una cuchilla zapatera y tiró varios golpes al orate.

Julián Abundis dueño del comercio “El Laberinto”, declaró luego a la policía que como a las cinco de la tarde, estando despachando a unos marchantes, notó que en la calle reñían dos individuos y con ese motivo, salió de inmediato y a costa de su seguridad, los aprehendió, recogiendo a uno de ellos, que estaba manco, una cuchilla zapatera, en ese momento llegó Manuel Guerra González dueño del tendajo “El Banco y le ayudó con los rijosos, encargándose del "Manco" y al conducirlos a la cárcel, se cayó el "Loco Blas", viendo entonces que estaba lesionado.

Se apersonó en el lugar el Juez Segundo Penal e inició la averiguación respectiva, dio fe, de haber visto a un hombre tendido en el suelo, que presentaba una herida penetrante en el flanco izquierdo "con salida en el epiplón" y le interrogó sobre como pasaron los hechos y quién había sido su heridor, pero el "Loco Blas", nada pudo contestar, según afirmó el representante de la ley: "debido a lo ebrio que andaba o a la gravedad de su lesión", por lo tanto, lo remitió al Hospital González.

El día siguiente, fue el último del "Loco Blas" en su transitar existencial, por ebrio y pendenciero no pudo ver el inicio de la primavera de 1910, ni el final de la dictadura porfiriana; mientras "El manco" fue puesto preso en la penitenciaría estatal, rumiando la ingratitud del amigo ocasional y el olvido de aquellos parroquianos, a quienes libró de las necedades del descocado.

Agapito Cortés cumplió una condena de seis años, ocho meses de prisión asignado a las obras públicas, muy poco tiempo, pero se le asignó ese castigo en virtud de considerársele agredido,  pero al “Manco” más le dolió dejar en el desamparo a su mujer e hijos, por andar en los andurriales libando con personas "ladeadas de la mente".

Fuente: Periódico Oficial del Estado de Nuevo León del martes 31 de enero de 1911.