Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño VillarrealLa vida cotidiana es una suma de acciones en las que el individuo va templando su carácter e imprime la huella constante de su quehacer existencial; en nuestros archivos están depositados miles de documentos donde se han escrito las historias de aquellos que no han destacado en los avatares políticos, científicos  o de otra índole.

En el Archivo General del Estado, Sección Justicia, Tribunal Superior, Primera Sala, Caja 21, se encuentra el expediente No. 3,  que nos proporcionó  este material interesante para relatar la siguiente crónica con respecto a cosas de amores, donde se mezclan pasiones, sentimientos, celos, injurias golpes y otros deliquios.

Cuando el gusanillo del amor invade a la persona, modifica actitudes, a veces tiraniza con obsesión, lo puede llevar a situaciones extremas y a conductas inadecuadas.

Tal es el caso de Patricio Marroquín, de oficio zapatero, 35 años, originario del Cerro de Santiago en Tamaulipas, radicado en Montemorelos, N.L. donde trabajaba en el taller de Manuel Rodríguez Mata, haciendo gala de su habilidad para fabricar y reparar calzado.

En los descansos de su ardua labor, Patricio se daba tiempo para observar a María Inocente Martínez, esposa de su patrón, morena salerosa de 34 años, que también ejercía el oficio de zapatera; furtiva y de manera coqueta respondía a las miradas provocadoras del mocetón, enardeciéndolo a tal punto de ser un volcán en violenta erupción.

La oportunidad de entregarse al mozo pronto llegó, pues tuvo como justificación un acto perverso de su esposo, quién le hacía "de chivo los tamales"; una tarde lo espió, siguiéndolo hasta el río Pilón y su sorpresa fue mayúscula cuando comprobó que la causante de los desvaríos de su conyuge, era nada menos que su hermana Gertrudis Apolinaria.

De lejos observó la escena donde los infames dieron rienda suelta a sus deseos, contuvo la rabia y el coraje, jurando que pronto encontraría la salida para ese rencor; a lo anterior se agregó que Manuelito era ducho para empinar el codo, llegando ebrio al hogar, donde recriminaba a su mujer por los requiebros amorosos con Patricio, acompañando las altisonantes palabras con una ración "generosa" de golpes.

La relación entre los amantes marchaba sobre ruedas, solo enturbiadas por los celos, borracheras y golpes de Manuel; del gozo, María Inocente pasaba al dolor. En una ocasión, Patricio la encontró llorosa, marcada por los porrazos infringidos por su consorte, manifestándole la mujer "quisiera ver muerto a mi marido", sugerencia-orden para el Romeo decimonónico.

El domingo 30 de septiembre de 1832, Patricio tuvo la oportunidad de deshacerse de su patrón y después de tomarse unas copas, fue encontrar al beodo consuetudinario, discutieron y se retaron a machetazos en una calle aledaña al camposanto, donde de cuatro golpes de arma blanca, el golpeador esposo fue privado de la vida por su rival en amores.

Las autoridades de Montemorelos no tardaron en hallar al culpable y pronto lo pusieron tras las rejas; el inculpado negó el delito, pero se le interceptaron varios poemas amorosos dirigidos a la Julieta de la ahora región cítrica.

En uno de ellos, titulado Mi Querida Negrita, le decía:

Aunque te ofrezcan millones
por esa rosa fragante
le dirás que eres de un amante
que está metido en prisiones.

No escuches sus razones
que a mi no me tiene cuenta
y si a platicar se sienta
en el jardín de tu amor
dile que busque otra flor
si algún comprador intenta.

Un mes después de los hechos, debido a la presión de los familiares políticos, la mujer, con grave sentimiento de culpa descubrió toda la trama.

Se ventiló un prolongado juicio, donde el defensor de María Inocente, presentó los mejores argumentos para aliviar la condena larga; expuso el abogado: “No hay condena más odiosa y aun desesperada para una mujer que lleva una vida dependiente, o sujeta a un doble despotismo, o a los caprichos ridículos y tiranos de su marido indómito por naturaleza, cruel por hábito y ebrio por costumbre; tal como he descrito era el finado Manuel Rodríguez Mata y tal en escandalosa y mala vida que daba a su mujer, que ésta, siendo en un tiempo de honradez conocida en esta ciudad, obligada de los malos tratamientos de su marido, hubo de desesperarse hasta serle infiel en su estado y procurarle la muerte como sucedió”.

Continuó: “No se verificaría así, si aquel hombre duro, se hubiere hallado libre de la embriaguez que es el germen de la discordia entre casados y aun de exponer como expuso a su esposa a adulterar, introduciendo él mismo a su casa a Patricio Marroquín. El sexo es demasiado débil y presentándose ocasión: ¿Qué cosa buena podía resultar cuando ésta daba pábilo, un maltrato infernal con los celos y demás...?”.

El finiquito del caso fue el siguiente: a Patricio Marroquín, 10 años de prisión, con la obligación de servir en las obras públicas de la ciudad de Monterrey y a María Inocente Martínez, 10 años de reclusión en la Casa de Recogidas; sus hijos, víctimas inocentes de la tragedia, fueron acomodados en casas "donde los pudieran educar de acuerdo a la moral y las buenas costumbres".

¡Amor, amor, cuántas tarugadas se cometen en tu nombre!