Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal

El avance de la colonización española en el norte nuevoleonés, estuvo detenido por casi un siglo; al fundarse Monterrey el 20 de septiembre de 1596, sus habitantes tuvieron que sortear una serie de dificultades que impidieron el desarrollo continuo y rápido.

Entre esas contingencias podemos anotar:

  1. El constante acoso de los naturales que se vieron hostigados por los españoles, quienes sacaban “piezas” o sea esclavos, lo que trajo como consecuencia un estado de “guerra viva”.
  2. Los recursos minerales sobre todo el oro y la plata no fueron encontrados en gran escala y los hallados fueron de baja ley.
  3. La enorme extensión territorial inexplotada, demasiado grande para un centenar de hombres.

Poco a poco se fue estabilizando la nueva población y se crearon otras, pero la constante zozobra producida por la animadversión de los indios, fue obstáculo para traspasar las sierras de Picachos y Santa Clara.

Los aguerridos alazapas y otras naciones de naturales impedían el paso y establecimiento de hispanos, en las tierras que hoy ocupan los municipios el norte del Estado.

En 1686, cuando el Marqués de Aguayo permitió la fundación del pueblo de San Miguel de la Nueva Tlaxcala, hoy Bustamante, N.L., hecha por indios tlaxcaltecas, procedente del barrio de San Esteban en Saltillo.  Este hecho marcó nuevo derrotero a la penetración colonizadora, pues el descubrimiento de minas de plata en las sierras de lo que hoy es Villaldama, despertó como por arte de magia, el interés de los reineros, vecinos de Zacatecas y otras provincias.

El 22 de febrero de 1692, el Gobernador Pedro Fernández de la Ventosa, hizo merced de tierra “en el nacimiento del río Sabinas” al Lic. Francisco de la Calancha y Valenzuela y funda una hacienda de beneficiar metales llamada San Francisco Javier ¿hoy Larraldeña?.

De la Calancha fue un clérigo jesuita, dinámico y humanista, vicario y juez eclesiástico del Nuevo Reyno de León; en 1712, fue Comisario del Santo Oficio de la Inquisición, pero además fue un avezado minero y criador de ganados.

La merced original consistió en un sitio de ganado mayor, otro de ganado menor y cuatro caballerías de tierra con saca de agua en el nacimiento del Ojo de Agua de Sabinas; tiempo después se le otorgarían otras tierras.

En la certificación que se hizo el año de 1710 se asienta “la calidad de dichas tierras son muy montosas y de pocos aguajes, por lo que mira a la labor que tiene de beneficio, es muy buena aunque se ha abierto a punta de hacha por haber visto los troncos de los chaparros cortados; asimismo certifico que fue el primer poblador de las Sabinas y a su invitación entró en esta parte el general Ignacio de Amaya... ha gastado en el aumento de su poblazón y conversión de muchos indios bárbaros...”

Se hace constar en el documento citado por el Profr. Francisco J. Montemayor en su libro Sabinas Hidalgo en la Tradición, Leyenda e Historia, que a pesar de los muchos robos y muertes que sufrió en sus bienes y servidores, no fueron causas suficientes para retirarse de la población, ni dejó de asistir a las “funciones de guerra”.

El Maestro Israel Cavazos Garza en su Diccionario Biográfico, dice de Francisco de la Calancha y Valenzuela:  “Tuvo también minas en Boca de Leones.  A la muerte del gobernador Videgaray, le sustituyó temporalmente en el gobierno, hasta que llegó el sucesor de éste.  El 23 de agosto de 1706, donó todos sus bienes de Sabinas, a la Compañía de Jesús, deseoso de que en este reino se funde un colegio con la advocación de San Francisco Javier”.

Continúa el Maestro Cavazos:  “Esta donación la renovó en 1714, para que la juventud de dicho reino tenga la enseñanza y doctrina y buenas letras que acostumbra dicha sagrada religión... que haya de haber un maestro que enseñe letras humanas y gramática y maestro de leer y escribir”.

Francisco de la Calancha y Valenzuela murió en Monterrey el 29 de noviembre de 1722 y fue enterrado en la iglesia de San Francisco Javier.

En 1746, los jesuitas vendieron la hacienda al general Francisco Ignacio Larralde, en la cantidad de diez mil pesos; poco después éste traspasó una parte a Don Manuel  Flores, dando por resultado las haciendas Larraldeña y Floreña.

En el Real de Santiago de las Sabinas hoy Sabinas Hidalgo, N. L. recordemos  a este gran hombre, ilustre, humanista y filántropo que puso los sólidos cimientos para la fundación y desarrollo posterior de la “cara aldea”.