Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal

Corría la década de los cincuenta del siglo veinte y el pueblo tímidamente pretendía rebasar los antiguos límites urbanos; la mayor parte de las calles no estaban pavimentadas y era muy común ver por las mañanas a un ejército de honorables matronas barriendo la banqueta y hasta media calle, además de regar lo que provocaba un agradable olor a tierra mojada.

La turba de rapaces se adueñaba de la calle, pues aunque había grandes patios, la calle era el lugar donde se socializaba, además, la mamá, las tías y en ocasiones los papas eran vigilantes, casi inadvertidos, de los juegos de los muchachos, desde la comodidad de la mecedora en aquellas inolvidables tardes sabinenses.

Los domingos y los lunes parecían ser los días señalados, claro sucedían a los días finsemaneros en los que se efectuaban fiestas, bailes o la tradicional vuelta a la plaza, si eran esos días, cuando el rumor corría raudo como reguero de pólvora al serle puesto un cerillo: ¡Se llevaron a Juana! ¡Se la llevó el novio!

El comentario en boca de las comadres era punzante, a la pobre muchacha no la bajaban de vulgar y al galán de atrevido o aprovechado; claro había quien justificara la acción: !No tenían ni en que caerse muertos, menos para hacer una boda! ó ¡Al méndigo viejo, papá de la muchacha, no le gustaba el novio porque era pobre!

Mientras tanto la futura suegra derramaba un caudal de lágrimas, ya sea por el sentimiento que le producía el hecho o por las reclamaciones del airado padre, achacándole que no había sabido cuidar a sus hijas; otros pasaban del dicho al hecho y la pobre mamá recibía algunos golpes del furibundo papá.

Casos hubo en que los familiares de la “raptada” armados de pistolas, fusiles o cuchillos iban a buscar a la pareja para rescatar a la “burlada” doncella y darle su merecido al truhán, en pocas palabras, había que lavar la afrenta, rescatar el honor de la familia.

La mayoría de las veces la pareja volvía al redil, se serenaban los ánimos y el papá del “raptor”, en parte asumiendo la responsabilidad de lo hecho por el vástago y en parte orgulloso del joven gallo que daba muestra de su valer en el gallinero del vecindario, iba a entrevistarse con el futuro consuegro y arreglaban el bodorrio o al menos que se casaran por el civil y si el cura aceptaba, también lo hacían por la iglesia.

El calendario fue tirando su hojas, aquellos ayeres parece que ya no se dan más por el pueblo, hoy la muchachada se casa y se descasa con una rapidez asombrosa y  cada vez menos se oye aquel rumor que corría por las polvosas calles de mi Sabinas: ¡Se la llevó el novio...! ¡El Prieto se llevó a la Juana!