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Categoría: Historias de Sabinas
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Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño VillarrealRecién habían terminado las festividades patrias en aquél lejano año de 1888; después del ajetreo producido por las diversiones, bailes, romería y jolgorio generalizado, los sabinenses, procedían a continuar con sus labores cotidianas.

Sin embargo, algunos preferían seguir las celebraciones y a los tradicionales tres días, agregaban otros dos o más, completando la semana entregados a rendir culto con devoción insana a Baco y a Eros e inscritos en las listas de Anacreonte, poeta lírico griego que le cantó a los placeres del alcohol y las mujeres.

A nada bueno conducían tales excesos, pronto la tragedia se cerniría sobre la “cara aldea”.  El dieciocho de septiembre, un grupo de vecinos se reunieron en casa de Eulogio Sánchez, hubo buena música y gran animación, pues no quedaba nadie sin bailar ¿que para eso se pintan solos los de Sabinas?; las bebidas corrieron generosamente.

En el alegre grupo se distinguía Jesús Iparaguirre, vestido impecablemente de blanco, era amigo del dueño de la casa y a leguas se le notaba su pretensión hacia Isabel, la esposa de Eulogio, hermosa mujer morena, que siendo soltera ¿y ahora ya casada?  motivaba hondos suspiros por parte de jóvenes y otoñales galanes y uno que otro viejo carcamán.  Al calor de las copas, Jesús sacó a bailar a Chabela; sentirla cerca alteró la noción de la realidad y pensó para sí que la hermosa dama sería de él esa noche.

El fandango terminó como a eso de las once de la noche; Iparaguirre continuó de farra con sus amigotes y previo alevoso plan, regresó a las cuatro de la mañana a casa de los Sánchez, uno de sus cuates se quedó en la puerta “echándole aguas”, mientras que Jesús se acercó a la cama donde dormían Eulogio e Isabel, aprovechando el estado chispo de aquél, pretendió que ésta se prestara a sus deseos carnales y como se resistió le infirió una herida de arma punzo cortante en el pecho.

En la batahola, Eulogio instintivamente defiende a su mujer pero sufre dos heridas.

Al día siguiente todo el pueblo comentó los sucesos; los corrillos en las esquinas, las mujeres comadreaban de casa en casa y fantaseando le daban rienda suelta a la imaginación, unas pregonaron las virtudes de los involucrados, las más exageraron las debilidades.

Buscados por la policía los individuos que estuvieron en el baile, a todos se les halló en sus respectivas casas, menos a Jesús Iparaguirre, quién permaneció oculto hasta las siete de la noche en que su padre lo presentó a la autoridad, “diciendo que en esos momentos había llegado a su casa”.

Isabel murió el día 19 y al ser interrogado Eulogio en su lecho de dolor, dijo no haber conocido a su heridor, ni a su acompañante por su estado etílico y por la oscuridad, aunque luchó contra ellos, pudiendo solo asegurar que el primero iba vestido de blanco.

Jesús negó el delito que le imputaban, pues afirmó que esa noche durmió en su casa y permaneció allí el día siguiente, aunque en un jacal separado de las habitaciones de la familia.

La hija del matrimonio, cuya edad era de doce años, testificó en contra de Iparaguirre y en su presencia sostuvo su acusación.

El juez Lic. J. Jesús Lozano, Magistrado de la Tercera Sala, consideró que si bien el acusado negó toda participación en le hecho, aunado a que no se hizo la autopsia por dos facultativos como lo ordena la ley, pero en su contra estaba un cúmulo de datos y haber infringido diversas violaciones a las disposiciones penales, lo condenó a cinco años, cuatro meses de obras públicas y tres meses de arresto, quedando abierta la causa para quien lo auxilió, ya que no se le encontró hasta el 12 de noviembre de 1890, en que se le dictó sentencia.