Profr. Héctor Jaime Treviño VillarrealEra un mes caluroso del año de 1952, la reseca tierra pedía agua a gritos, el polvo era el denominador común en las calles del pueblo; el cielo, egoísta en nubes, mostraba un color azul muy especial, mientras las altas temperaturas hacían que la sufrida gente buscara refugio en las viejas y frescas casonas de sillar o en los jacales de adobe, techos de palmito y piso de tierra, también muy frescos; nadie osaba salir entre las dos  y cinco de la tarde.

Sin embargo, había agitación entre los mayores del pueblo, pues un tal Adolfo Ruiz Cortines jugaba para ser el Presidente del país, en contra de un Gral. Miguel Henríquez Guzmán, que no había aceptado las reglas del juego del Partido y se había brincado las trancas; muy activos, los de la presidencia municipal, recorrían el pueblo invitando a los ciudadanos a votar por los colores de la bandera, mientras que, unos hombres que se decían dirigentes del PRI, apoltronados en sillas de palmito, dentro del local fantasma, solo ocupado por un mes, displicentes, sabían de antemano que tenían el triunfo en la bolsa.

Un día antes de la elección, llegó Don Baltazar a su casa, estacionó la vieja camioneta GMC gris, llena de un buen número de paquetes y cajas nuevas, vacías; como era su costumbre, comenzó a dar órdenes a diestra y siniestra, elevando la voz, como si estuviera arreando ganado allá en La Petaca, famosa comunidad brujeril de Linares N. L. donde había nacido.

Conminó al pequeño de la casa a que invitara a sus amiguitos, pues tenía un trabajo y a cambio les iba a dar a cada uno, ¡cinco pesos!, de aquellos, de los buenos, no de los pinchecitos de ahora; pronto se reunió media docena de descalzos y desarrapados; don Balta les ordenó subir a la caja de la camioneta, mientras él iba al volante, acompañado en la cabina por Eloy Treviño Rodríguez.

Despacio cubrió las dos cuadras de distancia que separaban a su casa del Hotel Álamo, ahí, habló no se que cosas con el administrador y en el cuarto número tres, acomodaron paquetes y cajas e hicieron entrar a los chiquillos; de una bolsa de papel estraza sacó plumas, lápices y colores, luego dio las instrucciones:"en esta hojita tachan la rueda que trae los colores de la bandera, luego la doblan y las echan en estas cajas".

Mostró las papeletas, el círculo a cruzar era efectivamente dividido por los colores verde, blanco y rojo con las letras: PRI y el nombre de Adolfo Ruiz Cortines, pero había otras que traían nombres, que'sque pa' diputados federales, ¿quién sabe quiénes serían esos?

La tarea fue ardua, toda la tarde tachamos y tachamos boletas; mapas blancos se dibujaban en las camisas de los chamacos, algunos de plano se la quitaron. Como a las cuatro de la tarde, don Balta  nos llevó sodas Bimbo y galletas embetunadas; tragamos como salvajes, con perdón de éstos, pero en nuestra casa batallabas para que te compraran un refresco embotellado, menos que te dieran dos o más, si acaso te compraban una soda chiquita de las que hacía don Melchor Valle.

Terminada la faena, vino el pago, ¡cinco pesotes! equivalentes a 25 rebanadas de coco, sandía, melón o piña con el "maistro coquero", aquél del pulcro carrito estacionado en la Placita Nueva; don Balta terminó su “patriótica labor”, al llenar por la noche, las actas de la elección de los ranchos cercanos; la gente de esos lugares votaba, sin saberlo, desde un día antes, ¡ah! ¿ y el padrón?, bueno, eso era tan solo unas listas hechas en papel ministro, que servían de pantalla y luego las tiraban sin ningún cuidado; eran tan de escaso valor, que el viento las arrastraba por las calles y terminaban hechas polvo; para la otra elección, otras listas y así, eternamente.

Ruiz Cortines ganó la justa en "limpia elección" con un 73.41% de los votos, contra el 15.87% de Henríquez, el 7.8%  de Efraín González Luna candidato de los panistas, que en ese tiempo no pintaban y el 1.98% del excombativo líder izquierdista Vicente Lombardo Toledano; en el pueblo, don Balta subió en el escalafón político, el hombre quería ser alcalde, pero su esposa Doña Diamantina Villarreal Garza, con sabiduría sabinense lo atajaba:"no'mbre, güero, la presidencia se la dan a los ricos, porque si roban, no se les nota y a ti, si se te va a notar", mientras la delgada mujer dejaba ver una sonrisa burlona. Mucho tiempo después entendí que quien debía haber sido la política de la familia y alcaldesa era Doña Diamantina.

La misma refusilata pasaba en la elección del alcalde y del diputado local, ¡que hartazgo de fruta, sodas, galletas o empanadas de calabaza de an'ca Esperanza Peña de Siller! hasta trompo o barajitas de luchadores nos comprábamos, gracias a que en Sabinas Hidalgo, los niños votamos antes que la mujer mexicana conquistara el derecho al voto y por mi parte ya ejercí dicho derecho hasta el año 3547.

Don Baltazar fue regidor, tesorero, eterno aspirante a la alcaldía y presidente de la Junta Local de Conciliación y Arbitraje por 22 años, aparte de menearle al cazo a diario, para hacer leches quemadas; se burlaba de aquellos marginados por el PRI o no electos por el "dedo divino" y que solían decir: ¡el pringue no sirve!, pero cuando uno de ellos alcanzaba el tan ansiado hueso, exclamaba, engolando la voz:¡el Partido me apoya!.

Entrón en la política, le dio por apoyar al huracán que era Carlos  Alberto Madrazo, quien quería renovar al PRI, con el propósito de "integrar una militancia inteligente y razonada, no queremos rebaños que van y vienen, queremos convencidos". Al ser removido Madrazo de la presidencia del PRI el 22 de noviembre de 1965, don Baltazar se quedó chiflando para la loma; fue livista de hueso colorado y la Junta de Conciliación fue su refugio, al final de su carrera política.

Los modos de hacer política cambiaron, se acabaron las barbacoas, el menudo, los tamales, la bebedera de líquidos espirituosos y gaseosos, se cambiaron por “sandwichitos” y por rifas de cubetas de plástico y otras naderías. Don Baltazar afirmaba que después de que fue Gobernador Don Alfonso Martínez Domínguez, los refinados y exquisitos echaron a perder al PRI.

Don Baltazar Treviño Alanís, cuatro años mayor que el PRI, padeció los mismos males que el otrora invencible partido oficial: arterioesclerosis y mal de Alzheimer; después de circular con paso lento y cansino, "la edad se le vino encima", para don Balta, ya no hubo regreso y falleció el 11 de noviembre de 2001. ¿Lo habrá para el PRI? ¿Resurgirá de sus cenizas como el ave fénix? ¿o será sepultado en estas primeras décadas del siglo XXI?

A casi 80 años de su fundación, el PRI se encuentra en la encrucijada de su futuro, los viejos cuadros políticos están desgastados y sin credibilidad y a los novicios les falta sentido social, sensibilidad política y conocer y creer en el ideario de ese partido y su programa de acción. Difícil panorama, ¿no lo cree, estimado lector?