El Loro
 

Ernesto Luther Chapa RuizEn una vieja casona, con ventanales largos con forja y una pesada puerta labrada en madera, pintada y repintada por los más de cien años de existencia y permanente uso, vive una solitaria anciana, cuya única compañía son las flores y plantas de su patio y su media docena de pájaros multicolores y cantores que la arrullan en sus imperdonables siestas vespertinas en las que sueña y recuerda sus más de 80 años de vida y a sus hijos, que cada día ve menos; también recuerda siempre a su amado esposo que un día se durmió para no despertar jamás. La casona está localizada en el centro de una gran ciudad y es como una isla entre los grandes y modernos edificios de acero, cristal y concreto que la rodean, y los camiones urbanos que continuamente pasan enfrente tiñendo de negro las altas paredes de adobe de esa vieja casona.

Hace más o menos una semana, uno de sus hijos, el menor, regaló a la viejecita un loro de cabeza amarilla y cuerpo verde. Todas las mañanas la anciana le hablaba esperanzada en que algún día pudiera escuchar una voz en su solitaria casa, pero el loro, por el contrario, demostraba malestar y enojo, siempre buscaba salir de la jaula, e incluso en varias ocasiones picoteó la arrugada mano de la anciana.

Era tanta la molestia del pájaro que ya sus plumas estaban muy maltratadas por el permanente intento de salir de la jaula. Una mañana la anciana trataba de ponerle alimento al loro, cuando de pronto con su pico le mordió tan fuerte que sacó la mano de la jaula sin cerrar la puerta, y el loro aprovechó para salir de inmediato.

El loro voló primero hacia un arbusto del jardín y de ahí veía a la anciana sentada en un vieja mecedora sobándose la mano que le había mordido, entonces el loro dio un fuerte grito como un canto de triunfo para después salir volando del jardín, sintiéndose finalmente libre. Después de planear un rato esquivando los altos edificios, se dirigió hacia una gran plaza que estaba rodeada de árboles, ahí se paró en un fresno y vio a un numeroso grupo de gorriones que esculcaban entre el pasto para intentar comer algunas semillas, entonces se dirigió hacia ese lugar para buscar comida, pero tan pronto se acercó el montón de pájaros se lanzaron sobre él para defender su territorio y le comenzaron a picotear la cabeza, el loro salió volando y aún en el aire los pequeños gorriones lo seguían persiguiendo.

El loro voló y voló hasta que se pudo deshacer de los pequeños pájaros. Después de aletear un rato se paró a descansar en el techo de una casa, y apenas estaba tomando un poco de aire cuando de pronto volteó hacia un lado y vio los ojos de un gran gato negro que lo miraba fijamente, el loro se sintió inmóvil y no pudo siquiera mover la cabeza, mientras el gato no le quitaba la vista y se acercaba lentamente, de pronto el gato le tiró una mordida que le alcanzó a agarrar una de sus patas, el loro reaccionó y comenzó a aletear de inmediato, afortunadamente el gato, con tanto aleteo, apenas pudo hacerle una cortada en la pata quedando manchada de sangre.

El loro voló otro rato y vio a lo lejos una antigua iglesia donde los hombres parecían ser apacibles y buenos, e incluso daban de comer a un grupo de palomas, entonces pensó que ese era el lugar perfecto para descansar y vivir en paz. Se acercó para tomar un poco de comida, pero cuando las personas que estaban ahí lo vieron de inmediato trataron de atraparlo, pues un animal de ese tipo costaba mucho dinero; un grupo de personas comenzó a perseguirlo y el loro, como pudo, comenzó a correr y volar tratando de huir de esa multitud que trataba de atraparlo; algunos niños comenzaron incluso a tirarle piedras.

El loro salió volando, pero en la huida una piedra alcanzó a rozarle y a quitarle las plumas verdes de su cola. Sin rumbo definido, entre subidas y bajadas sin control, el loro voló y voló hasta empezar a agotarse; se detuvo en un solitario callejón, ya estaba entrando la noche y se dispuso a tomar un poco de agua de un pequeño charco que había en el lugar, pero el agua estaba mezclada con aceite y tan sucia que pronto comenzó a sentir mareos, a perder la vista y temblar de frío, voló un poco y se paró en el tibio mofle elevado de un camión que estaba estacionado.

Temblando de miedo y de frío, el loro teñido de negro y sin plumas en la cola apenas se estaba durmiendo cuando de repente el camión arrancó su motor y un fuerte chorro de humo lo aventó hacia arriba, el loro apenas podía volar pero se elevó por el aire, era tanta su debilidad que ya no pudo volar más y comenzó a descender irremediablemente al suelo, quedando totalmente inconsciente, casi sin vida.

Al otro día por la mañana, de pronto comenzó a sentir un ligero y tibio aliento que soplaba sobre su cara, el loro, por una coincidencia afortunada había vuelto a caer en el jardín de la viejita solitaria que vivía en esa gran ciudad. La anciana lo tomó entre sus manos arrugadas y con mucho cuidado lo limpió muy bien y le dio agua limpia y comida, el loro poco a poco se recuperó y con el tiempo le salieron nuevamente las plumas de la cola.

A partir de entonces fue la perfecta compañía para la anciana que todos los días le enseñaba nuevas palabras; por las tardes platicaban y cantaban juntos, y la anciana ya no se sintió tan sola con el loro de compañía; por su parte, el loro nunca más buscó escapar del lugar, pues encontró la felicidad en el amor y la seguridad que tenía al lado de aquella bondadosa anciana.

Fin

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