Ernesto Luther Chapa RuizLa primera estrella

Carta para Morena

Caminando por el gran parque de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, doy pasos sobre el verde pasto que asesino y maltrato en cada pisada y pido perdón por el daño. El pasto gringo que puntualmente se riega y fertiliza con químicos y minerales, me perdona y no se siente ofendido. Observo en mi caminata a gente que me ignora y vive su vida, su mundo, y yo solo pienso en tí mientras sigo caminando y asesinado el pasto. Paso a un lado de las canchas de básquetbol y veo jugar a grandes hombres de raza negra, de piel color café claro, café oscuro, negros y azules que gritan y sudan en su batalla; más adelante están los campos de futbol soccer, donde se arrebatan el balón decenas de mexicanos, centroamericanos y sudamericanos que tratan de olvidar la dura jornada del día; camino un poco más y me encuentro con la cancha de rugby, donde pareciera necesario ser rubio para poder desarrollar ese deporte que de manera ordenada, pero agresiva, busca la mejor estrategia para vencer a su adversario; sin detenerme reflexiono sobre las diferencias raciales que en un espacio tan pequeño del planeta existen. Sigo caminando, golpeando en cada paso las pequeñas plantas y sigo pidiendo perdón, y por supuesto no dejo de pensar en tí. La tarde de pronto se aleja y me encuentro en el punto indefinido del espacio y el tiempo en que no se sabe si es tarde o noche, en esos pocos minutos en el que decir buenas tardes o buenas noches dependerá del estado de ánimo que tengamos. Desacelero el paso, miro al cielo que me impacta y al mismo tiempo me agrada ver la primera estrella de la noche, o del atardecer, y me siento un hombre con suerte que tiene la oportunidad de admirar el primer lucero, blanco y brillante, único, como jamás lo había visto antes. Desde que era niño mi madre me decía que si tenía la suerte de ver la primera estrella podría pedirle un deseo, y no pude pensar en otra cosa que en tí, Morena, el amor de mi vida; le pedí a la estrella el deseo de enamorarte, de poder hacerte entender que no existía hombre en el planeta que te pudiera querer como yo, de vivir por siempre contigo y hacer una vida en común, tú y yo siempre. Olvidando el pasto asesinado, el racismo deportivo y la razón de mi existir, en ese momento solamente podía pensar en tí. Levanto mi rostro buscando aquel místico lucero para confirmarle, sin dudas, el más caro de mis deseos, pero no pude verlo, detengo mis pasos y desesperado, como quien pierde algo amado, busco en el firmamento mi sueño, mi esperanza, esa que siento desvanecer en la inexplorable existencia de un sueño. Busco y veo con profunda decepción aquella luz blanca de esperanza, con dos pequeñas luces rojas y verdes en cada extremo que se prenden y apagan, un avión que atraviesa como una filosa navaja la nube desvanecida de mi ilusión. Molesto conmigo mismo, camino asesinando y lastimando el pasto y las pequeñas plantas, mientras escucho el estruendo del avión supersónico que parece burlarse de mis sueños y esperanzas. Al poco tiempo todo aquello se me olvida, y sigo pensando en tí…

Fin

A manera de epílogo