Soledad
 

Ernesto Luther Chapa RuizHace justo una semana llegó a la ciudad portuaria de Veracruz, en México, el joven ingeniero Fierro, recién contratado por una gran empresa siderúrgica para manejar y negociar los suministros y servicios de esta gran fábrica. Fierro es un profesional felizmente casado y padre de una hermosa niña.

Parado frente a la ventana del cuarto de un gran hotel, donde temporalmente se hospeda, observa como un grupo de jóvenes mujeres rubias de origen extranjero asolean sus delicados cuerpos al sol, su esposa, un tanto celosa, le advierte que ya ha visto demasiado y lo invita a cuidar a su hija mientras entra al baño, Fierro despierta de sus fantasías carnales y regresa a ver a su pequeña niña, poco después pasa a la recámara y observa por la ventana trasera, que tiene vista a una traficada avenida, el pasar de los carros y camiones urbanos, fue ahí cuando de pronto interrumpió su vista un extraño ser que justo estaba sentado en la banqueta de la gran avenida, observando detenidamente pudo distinguir a una mujer con rasgos difíciles de definir entre la suciedad de su rostro y ropa, su pelo negro y tieso, su vestimenta aglutinada una sobre otra, que pareciera tener el color oscuro de la suciedad, los pies descalzos y la cara cubierta por una especie de costra negra que apenas dejaba ver sus ojos. Tenía colgando entre su ropa contenedores usados de plástico de aceite para automotores, los que tomaba con sus manos para llevárselos hasta la nariz y respirar su esencia. Fierro se detuvo a observarla hasta que de pronto la mujer levantó su cara para verlo, con una mirada fija y tan profunda que interrumpió por un instante su respiración; su hija, como sintiendo instintivamente la mirada, de pronto comenzó a llorar; Fierro se retiró de la ventana y cerró la cortina como queriendo ocultar aquel encuentro; consolando a la niña regresó pensativo a la sala de la habitación, poco después salió su esposa y se dispusieron a dejar el hotel para salir a comer; en el camino, Fierro buscó, un tanto desesperado y curioso, a esta extraña mujer, pero no tuvo éxito.

Las semanas pasaron y la pequeña familia del ingeniero Fierro, dado que estaban muy lejos de su lugar natal, se dispusieron a pasar la Navidad solos, en esa aún extraña ciudad; por la noche, después de salir a cenar en un buen restaurante y camino de regreso al hotel, la joven pareja lamentaba no poder estar celebrando junto con sus familiares esa noche, y poco antes de entrar al hotel sobre la gran avenida, vieron a la mujer pordiosera y sucia sentada sobre la banqueta, siempre sola y respirando el perfume de la ilusión que la mataba lentamente. Fierro acercó el auto adonde estaba ella y tomó una manzana roja que justo traía en el asiento trasero de su auto, se bajó del carro y se la entregó a esta mujer, deseándole una Feliz Navidad; la mujer, sin decir palabra alguna, la tomó con su mano sucia y la metió entre su ropa, agachando la cabeza; Fierro regresó a su auto y se dirigió a su hotel, pensando, junto con su esposa, el significado real de la soledad.

Pasaron los meses y Fierro compró una bonita casa junto al mar, el trabajo era duro y muy complicado, mientras poco a poco se adaptaba y conocía bien su nueva responsabilidad, eventualmente, al regresar a su casa por las noches, veía junto a la avenida a la extraña mujer sentada con su soledad e inhalando la esencia de lubricantes y gasolina de los botes vacíos de aceite. Fierro trataba de tener en su vehículo una manzana roja para ofrecerla cada noche, de regreso a su casa, a esta mujer que, como siempre, la recibía de manera indiferente.

Un buen día, después de una jornada difícil de trabajo, reflexionaba camino a casa sobre el significado de la vida, de su vida; llegó a casa y platicó a su mujer de una extraña idea que hacía varias noches rondaba su mente y no lo dejaba dormir, y pensó de la dicha que tenía al vivir con una mujer que amaba, sobre la dulce bendición de su hija, de la salud, la prosperidad y la estabilidad económica que gozaban, y quiso hacer una ofrenda a Dios en agradecimiento por su gran dicha; pensaba ayudar a la pobre “mujer del aceite”, comentó a su esposa que estaría dispuesto a contratar a una enfermera para traerla a vivir a su casa y darle todo lo necesario para su recuperación, una vida digna que le permitiera vivir como un ser humano. Su esposa, un tanto pensativa y sorprendida le preguntó si estaba seguro de lo que pensaba, a lo que él respondió con total firmeza que sí; ella, como siempre lo hacía, apoyó su proyecto.

Al día siguiente Fierro habló con el señor Fernández, dueño de una gran empresa transportista con la que negociaba grandes contratos y que además era el presidente del Patronato de la Cruz Roja de la entidad, le contó de su proyecto y le pidió de favor lo apoyara; Fernández se sorprendió al conocer su proyecto, pero sin discutir al respecto le ofreció todo su apoyo.

Al otro día envió la Cruz Roja a buscar a esta mujer, que con cierta dificultad lograron subir a la ambulancia, solo después de inyectarle un fuerte tranquilizante. La transportaron hasta la clínica donde iniciaron el proceso de transformación. Aun bajo el efecto de los tranquilizantes fueron retirando de su cuerpo el montón de trapos y ropa sucia que traía encima desde hacía mucho, mucho tiempo, en este proceso de pronto salió de entre su vestimenta una cucaracha grande que asustó a las enfermeras que hacían el trabajo. Sin embargo, poco a poco fueron limpiando y desmanchando con agua y alcohol las interminables costras y manchas que parecían ser ya parte de su cuerpo; su pelo gris y sucio fue recortado y desinfectado. Al terminar lo que parecía una tarea interminable, quedó al descubierto una mujer de complexión media, no mayor de 30 años y de rasgos finos. Finalmente la vistieron con una bata amarilla y se dispusieron a llevarla a su nuevo hogar.

En la casa del ingeniero Fierro estaba ya preparada una recámara especial donde estaría la nueva inquilina y además una enfermera contratada para sus cuidados. En la recámara principal de la casa, ansioso esperaba Fierro la llegada de la hasta ahora extraña mujer, cuando de pronto tocaron a la puerta de su habitación para mostrarle el resultado de su proyecto de caridad. Flanqueada por su esposa y la enfermera le presentaron a esta “mujer de aceite” que habían transformado en un “ser humano normal”. Orgulloso de su creación Fierro se levantó de su asiento para admirarla. De pronto, enmedio del asombro, una línea de sangre recorrió la pierna de la mujer hasta depositarse en la alfombra blanca de su recámara, mientras, la mujer con su vista ausente y sin aparentemente sentir nada continuaba parada; de inmediato la enfermera la retiró, pero continuaba dejando rastro de sangre en su caminar. La enfermera la condujo al baño mientras la esposa de Fierro trataba inútilmente de limpiar de la fina alfombra blanca el producto de la menstruación de esta desconocida mujer.

Los días pasaron, y en tan sólo tres meses habían ya cambiado en cuatro ocasiones de enfermera, pues dado lo complicado del trabajo cada vez eran más exigentes y pedían un sueldo mayor. Soledad fue el nombre que le dieron a la “mujer de aceite”, un poco en alusión a la ausencia que reflejaba su rostro y al hecho de que nadie supiera el origen de su vida.

En ocasiones, por las noches se escuchaban los gritos de Soledad que parecían salir del fondo de su alma, gritos de sufrimiento que sólo podían ser callados por los tranquilizantes que la enfermera le suministraba.

Una noche el ingeniero Fierro invitó a cenar a su jefe, el director general de la compañía donde trabajaba, y a su esposa; la casa estaba en orden, la elegante cena preparada por la esposa de Fierro había sido permanentemente elogiada por los invitados, y justamente estaban disfrutando de una amena plática, posterior a la cena, y tomando una copa de vino, cuando de pronto se comenzaron a escuchar los gritos desesperados de Soledad que trataba de ser calmada por la enfermera en turno; Fierro se dispuso a controlar la situación mientras su esposa trataba de explicar a las visitas la situación; a los pocos minutos, el alto directivo de la compañía, junto con su esposa, sintiéndose incómodos ante tales acontecimientos se despidieron de manera anticipada.

Los ataques de histeria cada vez se hacían más frecuentes y fuertes, al grado que los calmantes eran insuficientes y los gritos nocturnos resonaban en toda la casa, mientras las horas de insomnio de Fierro también crecían.

Una noche, después de mucho pensar, tomó finalmente la decisión de ir a un hospital psiquiátrico privado para internar a Soledad; al día siguiente un grupo de personas con bata blanca pasaron a la residencia de Fierro para llevarse a Soledad, y como si despojaran algo de su persona, Fierro vio cómo subían a esta mujer que antes era una desconocida y que ahora parecía ser una parte de él. Soledad, con la mirada perdida y el rostro triste, se subió a la ambulancia sin saber su destino. Fierro entró en una fuerte depresión por la salida de Soledad y el fracaso de su proyecto, sintiéndose de alguna manera culpable de su sufrimiento; sin embargo, el apoyo de su esposa y el amor de su hija lo fueron curando con los días.

Una mañana de sábado, algunas semanas después de la salida de Soledad, Fierro se dirigió al salir del trabajo a visitar el hospital psiquiátrico; al entrar preguntó por Soledad, y se sorprendió mucho al verla pegada a la reja del jardín, más delgada que nunca y viendo siempre hacia el exterior, parecía buscar y añorar salir de ese lugar; al verla, Fierro sintió la desesperación de esa mujer por salir y ser la mujer “feliz” que un día fue en la libertad de su propio mundo y conciencia, comiendo lo que quería y encontrando la ilusión y tranquilidad de su vida en los botes de aceite y gasolina que transpiraba y la hacían soñar y vivir una realidad que sólo ella podía disfrutar.

Fierro regresó a su casa reflexionando sobre el resultado de sus acciones, pensando en el absurdo de la universalidad de la felicidad, y en el error de querer cambiar por voluntad propia el destino y la vida de otras personas.

A mitad del camino regresó su automóvil hasta el hospital y habló con el responsable para solicitarle sacar a Soledad de ese lugar; y dado que era él quien pagaba los gastos de estancia, aceptaron la salida de manera inmediata.

Al subir a su lujoso auto Soledad había cambiado físicamente de lo que era cuando Fierro la vio por primera vez, ahora parecía una mujer mucho más joven, con la piel clara y limpia, pero con la mirada ausente como siempre.

Viajaba junto a Fierro como hablando sola, le pedía disculpas por todo el sufrimiento que le provocó y le dijo que regresaría de nuevo a su lugar y a su vida. Fierro detuvo su auto cerca de la gasolinería donde solía estar, y se bajó para abrirle la puerta; Soledad bajó vistiendo aún su bata del hospital; Fierro la abrazó y le pidió una vez más perdón. Soledad, por primera vez desde casi un año que la conoció, mostró en su rostro una sonrisa de felicidad que hizo también muy feliz a Fierro, quien subió a su auto y se retiró sintiéndose triste y reconfortado al mismo tiempo, como un ser nuevo. Llegó a su casa y abrazó fuerte a su esposa y a su pequeña hija.

Finalmente, Fierro regresó a su vida cotidiana, con su familia y su trabajo, tratando de olvidar esa terrible experiencia. Pocos días después, mientras Fierro se encontraba en una reunión de trabajo recibió una llamada urgente, el señor Fernández le informó haber recibido un aviso de la Cruz Roja, notificándole que durante la madrugada anterior la mujer que un día le pidió que atendiera fue encontrada en la orilla del mar, inconsciente y mal herida después de ser golpeada y violada por un grupo desconocido de drogadictos que huyeron después de hacer sus peores atrocidades. De inmediato, y sin avisar, Fierro salió de las oficinas, tomó su auto y se dirigió hasta el hospital para ver a Soledad; al preguntar por ella, personal de la Cruz Roja le indicó que hacía unas horas había fallecido y se encontraba en el anfiteatro donde le hacían la autopsia de ley.

Fierro se hundió en una terrible depresión, se sintió responsable de la muerte de Soledad, pues la transformación física de esta mujer la hizo objeto del deplorable y más bajo instinto humano que finalmente le provocó la muerte.

Dado que su cuerpo era considerado desconocido, Fierro habló con las autoridades judiciales para solicitar hacerse cargo de su sepultura, y después de una serie de trámites, propios de la deprimente burocracia, Fierro junto con su esposa y su niña dieron cristiana sepultura a Soledad.

La vida nunca volvió a ser igual para Fierro, a las pocas semanas de la muerte de Soledad, fue liquidado de su trabajo y cambió su residencia a su ciudad de origen, donde hoy vive en un cómodo departamento y trabaja como catedrático de una reconocida universidad, junto a su esposa y su hija con quienes comparte y disfruta su tiempo tratando de superar lo acontecido y disfrutar la vida y la sociedad que les tocó vivir.

Todos los días, por las mañanas, Fierro sale en su auto rumbo a la universidad cargando dos manzanas, una que se come durante el camino y otra que comparte con el primer indigente o algún niño limpiador de cristales que le pide limosna en cualquier semáforo o en alguna esquina; desafortunadamente la mayoría de las veces, antes de llegar a su trabajo, se queda incluso sin manzana.

Fin

Soledad
 

 

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